Puede que sea un altar. O un vago recuerdo colectivo. O un cajón más, donde se guarda lo que no se tira.
Las fotos que se ofrendan van a parar a las franquicias del archivo, unas piezas de cerámica repartidas por ahí, que las muestran en su ventana. Cada tanto, una resurge y se queda, hasta que otra empieza a aparecer lentamente. Cuál y cuándo lo decide cada franquicia, sin más criterio que la intuición.
Solo se guarda la foto convertida. Nada más.
Manual de uso de la pieza — para quien tenga una, o quiera saber cómo se comportan.